Hubo hace mucho una gran sequía. Los ríos no llevaban agua, los peces habían muerto y los cazadores nada encontraban para alimentar sus proles y el Dios Tuba permanecía sordo a las desesperadas rogatorias.

Dos jóvenes guerreros, Avati y Ñegrave, expresaron a viva voz su disposición a dar sus vidas para que cesara la catástrofe. Un desconocido apareció entonces y dijo ser emisario de Dios, para buscar en la tierra un hombre dispuesto a dar la vida por los otros, porque entonces el Dios haría crecer de su cuerpo sacríficado, una planta que saciaría toda hambre.

Los jóvenes guerreros reiteraron su voluntad. No era necesario el sacrificio de ambos y el que quedara vivo debería encontrar el sitio apropiado para enterrar a su compañero.

Fue elegido Avatí.  Ñegrave se despidió llorando de su querido amigo y llorando lo enterró.

Siguió llorando al visitarlo y regar su tumba todos los días, con la poca agua que arrastraba el río, hasta que la promesa se cumplió y de la tierra que cubría a Avatí brotó una planta desconocida que creció, floreció y dio sus sabrosos y nutritivos frutos: el maíz.

El mensajero desconocido regresó para corroborar la historia y comunicó que por voluntad del Dios, el generoso Avatí, de cuyo cuerpo se nutrió la planta, viviría para siempre mientras se cultivara el maíz, que desde entonces alimenta a todos lo guaranies.

 

 

 

 

Esta Web ha sido desarrollada completamente por Sonia Mercedes Ferro

Se reservan todos los derechos de autor
Prohibida la copia total o parcial de esta Web sin previa autorización de la WebMaster.

Creada en noviembre 2010

Actualizada el 24 de enero de 2012